CAPÍTULO I
Aquella noche llovía a cántaros. En la pequeña aldea de Gwananaribo casi todos los indios se habían puesto a cubierto bajo sus artísticas chozas de palma, las mujeres y los niños se habían guarecido en la parte más abrigada de la choza comunal, mientras que los hombres, bajo el borde de la techumbre se distraían dando patadas a los chorros de agua para mojar al de al lado y éste hacía lo propio mientras trataba sin éxito de protegerse de los salpicones.
Algunos mascaban la pulpa de coca, adormecidos por el efecto de la droga, con el alma volando atrevida por entre las copas de los árboles y esquivando a los demonios olorosos que el hombre blanco había dejado caer desde su avión para molestar a los hombres sabios del poblado. Nadie sabía exactamente de dónde venía ese desagradable olor y los más simples confiaban en el éxito de los espíritus liberados que era como se llamaban a sí mismos en el estado de alienación en que se sumergían cuando llevaban variois día mascando coca. La pulpa de coca era en Gwananaribo algo así como el pan en la sociedad occidental; no hacía daño a nadie y. en cambio mejoraba bastante los dolores de cabeza, que se producían sobre todo en los días como aquel, lloviendo desde el amanecer hasta la noche cerrada.
Fue entonces cando los niños salieron intrigados y se postraron interesados alrededor de Arrawi. el contador de cuentos: "...y el tejon como no sabía llorar....." ¡Qué?, qué?, repite desde el principio, por favor, Arrawi, por favor! Y el indio, a quien sus escasos veinte años no le impedían ser el mejor contador de cuentos del poblado les respondió: Mejor mañana, si no llueve, os llevaré a ver la cueva del tejón y allí, sobre el terreno comenzaré, de nuevo la historia, aunque de formas más completa, porque los niños sois los mas tontos del poblado y siempre os quedaís distraidos y nunca aprendéis nada. Porque los mayores no sabéis enseñarnos, ¿cuándo vamos a dar clase de cerbatana?- Eso, sí, sí!-Repitieron todos.
Poco a poco se fueron apagando las voces de los niños y los sonidos, más que ruidos de la selva entraron a la gran choza pero no fueron entendidos por nadie, porque entre las tribus del Igwazú no se conoce el insomnio.
CAPÍTULO II
Aunque, aparentemente todos los niños dormían, nada más lejos de la realidad. Sus mentes curiosas habían empezado a hacer cábalas sobre el albur maravilloso que el brujo les había prometido.
Uno de los niños se rebullía entre las junqueras que le servían de cama, hablando entre misteriosas ensoñaciones y ensequida se despertaron los que dormían a su lado y, al ver que seguía gritando, intentaron despertarlo apretándole las aletas de la nariz para que, al tener que respirar por la boca, no tuviera más remedio que derpertarse, aunque pronto tuvieron que desistir de su empeño al advertir que el chico parecía tener tal control de su ritmo respiratorio que comenzó a tomar y exhalar el aire por la boca sin la menor molestia y continuó con su extraña jerga de palabrería confusa e ininteligible. Con tal jaleo se despertaron varios de los adultos que comenzaron a regañar a los niños a la par de demandarles informacion acerca de su extraña conducta.
Los niños en su mayoría callaron ante el temor de una oportuna reprimenda, pero uno de los pequeños siguió gritando y preguntando que era lo que le pasaba a su hermano. En ese momento se noto un pequeño resplador a la entrada de la choza y pronto ésta se encontró iluminada por completo. El brujo de la tribu estaba plantado en medio de todos y preguntaba tambión lo que opcurría, pero al reparar en lo confusos sonidos que se escapaban de los labios del dormido, se estremeció y , con cara de preocupación, dijo: "¡Ya está aquí otra vez....., dijo que no volvería, pero ya está aqui otra vez..!
CAPÍTULO III
Arrawi se encontraba plantado en medio de la choza comunal. Con su mano derecha sostenía una tea medio encendida que, a medida que se emprendía, proyectaba su extraña y macilante resplandor hacia su rostro , dándole un aspecto de majestuosidad que impresionaba a toda la tribu.
Todos, mayores y pequeños, le empezaron a mirar con preocupación y el respeto que hasta ese momento le habían tenido se iba trasformando en temor ante la gravedad de sus palabras.
Por la mente de Arrawi, el brujo, pasaban, a velocidad de vértigo una serie de confusas imágenes, mezcladas con vivencias de su infancia, pues su mente se había transportado, en un instante, a los extraños sucesos que ,hacía treínta años, habían convulsionado a la población, arrebatándoles la tranquilidad, que en estas tierras es el bien más preciado en el devenir diario. Esa tranquilidad, pensaba el brujo, se había esfumado de momento. Un hondo pesar le embargaba al evaluar la dificultad de solucionar el grave problema que se presentaba. Pero eso sólo lo sabía él, Arrawi, el brujo.
Cuando Arrawi tenia doce años, su padre el brujo Melahwi, le llevó una tarde, cogido de la mano, hasta un tranquilo paraje de la selva y, mirándole fijamente a los ojos, le habló: " Mira, hijo mío, dentro de poco tiempo vas a comenzar tu pubertad, vas a sentir muchos cambiós en tu cuerpo, muchos cambios que compartirás con tus hermanos, con tus compañeros de juegos, en suma, con todos los niños de tu edad. Sin embargo, óyeme bien, escúchame atentamente un secreto que te voy a revelar y del que nunca más volveré a hablarte. Este secreto se lo revelarás tú, algún dia a tu hijo el día en que cumpla doce años. ¿Y si no tengo hijos, papá?- inquirió el niño.
-Si no tienes hijos, escogerás desde sus primeros años a otro muchacho. Algo advertirás en él, o alguna señal te será dada, no tienes más que esperar ese día.
- Y, ¿cuál es ese secreto que casi no quiero saberlo?- volvió a preguntar Arrawi. - No es realmente un secreto, es un cambio que notarás en tu cuerpo, pero este cambio sólo lo tendrás tú, no lo compartirás con nadie. Y así Melahwi confíió a su hijo toda su sabiduría. Todo el saber que la experiencia acumulada por los sucesivos brujos hacía crecer en cada uno de ellos y que era necesario para comprender ese extraño cambio que a tan corta edad jamás hubiera sidocomprendido.
Durante más de dos horas habló a Arrawi su padre. Al cabo de ellas regresaron al poblado. De la misme forma que como salieron, cogidos de la mano salieron y cogidos de la mano entraron, pero Arrawi ya no era el mismo, el cambio que su padre le anunció ya se había producido de forma completa en su interior. Desde este momento, Arrawi no era sólo un niño. Arrawi era posiblemente el brujo más joven de toda la Amazonia. Era el sucesor del importante brujo de Gwananaribo.
CAPÍTULO IV
Las brumas de
la amazonia envolvían las chozas del poblado en el aura mágica
mañanera y Arrawi casi se emocionaba cada mañana cuando salía
a orinar muy temprano y, después de la copiosa operación de drenaje
corporal, solía emprender con ligereza el camino de la montaña,
por un tortuoso sendero tan bordeado de la generosa vegetación que casi
le embriagaba.
Su visión del verde iba haciéndose cada día más
experimentada, conociendo cada vez mejor las propiedades de las hierbas que
iba recogiendo, casi sin detenerse a respirar, e introduciendo en su amplio
zurrón, regalo del viejo brujo.
Especialmente
iba buscando una peonía extraña que se cria casi siempre cerca
de los rebosaderos de las cascadas de casi todos los afluentes del Iguazú,
los que bajan de las montañas oscuras, las más altas y del lugar
en que habitaba eternamente el espíritu del hombre blanco, el espíritu
que se presentaba a los niños desde pequeños y les producía
las terribles pesadillas.
Arrawi se detuvo un momenteo. Desparramó su serena mirada por entre las
verdes gargantas de los afluentes y en sus labios se derramó una misteriosa
sonrisa. Él sabía el secreto del espíritu del hombre blanco,
su padre tambiérn, eran ellos dos los únicos del valle que conocían
el secreto.Por eso no tenían miedo.
Tras quedarse ensimismado por unos instantes, reaccionó, sacudiendo la gentil cabeza como en un intento de ahuyentar los pensamientos y reencontrarse, de nuevo, con la exuberante naturaleza. Su hábitat.
Con paso grácil
y elástico siguió nuestro amigo caminando hacia la cumbre, recogiendo
aquí y acullá las hierbas que le parecieron más útiles
por necesarias o por interesantes.
De pronto, algo pesado chocó contra su espalda, se revolvió como
un gato salvaje pero no pudo darse la vuelta para ver qué era el peso
que le inmovilizaba. Sin embargo lo que fuera era más fuerte que él
y le aplastaba contra el suelo de forma que notaba la falta de aire en sus pulmones.
Apenas podía respirar.
De pronto sintió
un extraño pero conocido hedor. Antes de poder identificarlo le abandonaron
las fuerzas y quedó exánime entre las hierbas, casi cubierto por
ellas.
Una extraña figura se levantó con precaución y, después
de mirar a un lado y a otro con desconfianza, se echó a andar y se perdió
bajo el espeso ramaje de los árboles del roquedal. Pasaron varias horas,
desde el pueblo se oían gritos llamándole, pero Arrawi a ninguna
de ellas podía responder.
CAPÍTULO V
En la choza comunal se oían aquella mañana varios murmullos sospechosos
de los niños a los que sus padres respondían involuntariamente
con sonoros ronquidos. La habitual postura de los indios descansando en sus
hamacas, con la cabeza inclinada hacia el pecho, suele producir fabulosos roncadores
entre ellos.
Este ronquido, sostenido y habitual, se ha convertido a lo largo de los años
en una poderosa orden fática a la que los niños suelen obedecer
en el acto.
Pero aquella mañana algo extraño se notaba en el amplio habitáculo.
En el relativo silencio que permitían los poderosos roncadores, una decena
de niños se mostraban inquietos, gemían entre sueños de
forma agitada, como si un extraño maleficio les estuviera conturbando.
Uno de ellos, pasando de modo súbito a un estado de controlada serenidad,
comenzó a levantarse.
Como si obedecieran a una orden telepática se fueron levantando con lentitud
los demás. Cuando el décimo estuvo erguido, todos mirando hacia
la entrada, comenzaron a moverse en una procesional hilera y tomaron por el
sendero de la montaña.
Ninguno de los adultos tuvo conciencia de la desaparición de los niños
hasta que las primeras luces del alba ya habían dorado sus primeros resplandores.
Melawi trataba en vano de enjugar las angustias de las excitadas madres
intentando a la par poner un poco de organización entre los hombres quienes
aullaban de ira mientras buscaban sus cerbatanas y cuchillos.
Pronto estuvo constituida la partida para comenzar la búsqueda de los
niños, pero ninguno de ellos podía tener la más pequeña
idea del extraño misterio que se había cernido sobre aquella tranquila
comunidad que habitaba en las verdes orillas del Iguazú.
La paz tan cotidianamente alabada se habia espumado y los más pesimistas
ya tejían en sus mentes horripilantes historias de viejas venganzas de
ancestrales enemigos. Pero, en verdad, nadie, nadie sabía nada.
CAPÍTULO VI
Con su pesado corpachón, caminaba a través de la maleza una extraña
figura que se desplazaba entorpecida más por lo abultado de su indumentaria
, extraña y extemporánea, que por los obstáculos que encontraba
a su paso, pues los artilugios que esta figura portaba que en los albores del
año dos mil se hubieran tomado por un equipo de respiración para
escaladores del himalaya, daba al personaje un aspecto de yeti más que
de astronauta.
Una especie de enmohecida escafadra colgaba de su brazo. A su espalda cargaba
una especie de radiador de coche, extraño aparato que emitía unos
escopetazos de humo verde que ahuyentaba a los pequeños animalillos,
quienes huía pavorosamente entre espasmos respiratorios y convulsones
intestinales hasta encontrar un venturoso alivio al sumergirse en las aguas
benefactoras de algún riachuelo.
Asimismo el fétido humo verde del extraño artilugio tampoco gustaba
a las plantas pues alguna tenían chamuscadas las hojas más próximas
al sendero.
Andaría midiendo un metro noventa o quizá pasaba de los dos metros,
pero no habría modo de calibrar las verdaderas medidas de aquel organismo
vivo con apariencia humana y nadie, nadie en el Igwazú lo había
podido ver de cerca en los cincuenta o sesenta años que habían
transcurrido desde que el gran brujo Melawi había escapado de la muerte
verde gracias a la agilidad y la resistencia de sus morenas piernas que le permitieron
correr y lanzarse a las profundas aguas del río desde una altura de sesenta
metros en la angostura que entonces le llamaban los indios "La garganta
de la Paz" y desde entonces le cambiaron el nombre por "El heor del
hombre blanco".
El impacto del cuerpo de Melawi fue brutal. Quedó sin sentido durante
unos segundos, pero la misma frialdad del agua sirvió para retornale
a la vida. Sus pulmones resistieron y nadó vigorosamente bajo las turbulentas
aguas de la cascada hasta que sus ojos pudieron ver la claridad de la superficie
y en dos brazadas más sus pulmones sientieron el fuego del aire vivificados.
Se
arrastró como pudo y, sintiéndose allí abajo seguro y libre
de peligro, se echó fatigado sobre la arena del remanso y así
durmió su cansancio, arrullado por las rumorosas aguas del cauce poderoso
que resonaba en un rumor de extrañas catedrales como música pujante
y continua de la brava naturaleza.
Todo el pueblo fue advertido del peligro y desde entonces ningún hombre
de la tribu permitió a nadie de su familia que se acercala al paraje.
"El hedor del hombre blanco" sólo quedó para ser habitado
por los tejones, extraños animales que habían sido antaño
un bocado exquisito pera los cazadores audaces que habían subido a lo
alto de la garganta.
Desde entonces los tejones pasaron a ser animales malditos para los ribereños
porque vieron que aquellos animales no eran sensibles a la contaminación
del humo verde, sino que lo respiraban con fruición.
Esta circustancia llevó a los indios a considerar a los tejones como
cómplices de la ignominia del monstruo, como portadores de espíritus
malignos y tan dañinos como su dueño, el pestilente y extraño
ser de la alta selva.
A
la caída de la tarde, en la aldea, empezaron a llegar los niños
en grupos de tres o de cuatro sin recordar nada acerca de dónde habían
permanecido durante una mañana entera.
Ninguno de ellos parecía alarmado y regresaban sin ningún tipo
de resquemor ni de curiosidad por su devenir mañanero. Como si no se
hubieran marchado por la madrugada.
Los más amigos de Arrawi peguntaron por él y entonces todo el
mundo comenzó a echarle de menos. Como pasaban las horas y su amigo no
aparecía se lo comunicaron a la familia de Arrawi, quienes se asomaron
con rostros esperanzados al oír las voces de los niños.
Nerviosos se atropellaban al hablar hasta que desde lejos vieron al brujo Melawi
que se acercaba al grupo. Todos los niños corrieron hacia él.
- ¡Melawi, Melawi - gritaron todos- Arrawi se ha perdido, hace varias
horas que falta. Nadie sabe dónde está. - todos daban detalles
acerca de cuándo lo vieron por última vez.
Melawi les respondió con aplomo levantando los brazos para hacerse oir.
- Calmaos - les repitió una y otra vez hasta que consiguió el
silencio - ¡Yo sé donde está Arrawi!
CAPÍTULO VII
Todos se habían quedado placados en el suelo terrizo de la choza. Sus
ojos se dirigieron hacia la puerta con esperanzada petición de escuchar
buenas noticias, pero Melawi sacudió con energía su cabeza como
negando la esperanza y añadió con voz profunda:
- Sí, yo sé dónde esta Arrawi, pero no lo puedo decir delante
de los niños. Así que es mejor que busquemos un lugar más
discreto, fuera de la choza comunal.
Los hombres comenzaron a mirarse unos a otros con incertidumbre. Por un lado
pensaban en una posible situación de peligro que se había cernido
alrededor del niño desaparecido pero sus deseos fervientes de conocer
la verdad les apartaba de este pensamiento y comenzaron a oirse propuestas acerca
de los lugares más propicios y discretos para tratar un asunto de tanta
importancia sin alarmar ni a las mujeres ni a los niños.
-Vamos al remanso- dijeron algunos- Está suficientemente lejano como
para que no se oiga nada desde aquí.
- Es mejor en la cueva de la cascada - opusieron otros- allí el ruido
del agua hará que nadie nos escuche.
- Pero aquello es estrecho- dijo Washimi, el alto guerrero que nunca fallaba
con la cerbatana - allí seguro que no cabemos todos.
Posiblemente lo dijo pensando en la propia dificultad para introducirse por
el angosto pasadizo pero la voz grave y profunda de Melawi le interrumpió:
- No vamos a ir todos.
Los angustiados rostros se volvieron expectantes hacia el brujo.
-¿Cómo es que no vamos a ir todos?
- Es necesario que todos tengamos confianza. Si mi información se difunde,
alguno se lo puede contar a su mujer o perder los estribos y ponerse a gritar,
Washimi, tú eres un buen guerrero y te has movido por la selva como los
espíritus invisibles.
- Sí- asintió el guerrero - pero, ¿adónde quieres
llegar?, no entiendo tus palabras.
- Mis palabras quieren decir lo que quieren decir: No nos podremos mover en
silencio todos los que estamos aquí. Es mejor que yo elija a los que
tienen que ir - añadió con firmeza.
Para algunos aquellas palabras representaron un alivio y el miedo comenzó
a aflorar en sus rostros.
Se hizo un silencio respetuoso que fue interrumpido por Washimi:
- Yo ya me siento elegido. ¿Quién más?
Antes de una nueva intervención se adelantó Melawi: -A la cueva
iremos cinco, nosotros dos, Urajhi el trepador, Rahwaji el mayor y su hermano
Meloh, el seguidor de rastros.
-Y, ¿cuando nos informarás a los demás?- preguntaron varios
al unísono.
- Dentro de tres días si no hemos regresado es que habremos muerto.
Todos enmudecieron de terror. Sus mentes se desorbitaron en horribles
pensamientos sobre peligros y desgracias. Algunos ya pensaban en castigos de
los dioses vengativos y en que sus días de felicidad habían llegado
a su fin.
La seguridad de Melawi contrastaba con el temor de sus convecinos, quienes le
vieron alejarse hacia la cascada, seguido de los cuatro amigos.
Sin embargo los hombres de la tribu no se movieron. Quedaron inmóviles
durante unos minutos y luego, como no podían dormir se fueron sentando
en el suelo, todos con la
mirada puesta en el recodo del camino, como esperando a que volvieran los cinco.
Así estuvieron esperando largo rato, mientras algunos de los hombres
habían empezado a moverse hacia sus chozas, sin hacer caso de los más
pensativos quienes no se movían, acurrucados e inmóviles y con
la mirada fija en el recodo.
De pronto se comenzaron a escuchar voces apagadas en continuo murmullo avisándose
unos a otros de que los cinco reunidos aparecieron confusamente en la lejanía
y sus figuras se iban aclarando con las primeras luces del día.
Se levantaron varios y corrieron hacia los aparecidos, los cuales, al verlos
tan agitados, les hacían con las manos señales tranquilizadoras.
Y fue entonces cuando Melawi explico que los cinco se irían a dormir,
ya que habían pasado toda la noche discutiendo, para así estar
en perfecta forma física para acometer la difícil aventura de
rescatar a Arrawi.
¿Y, por qué dijo rescatar? Porque Melawi sabía que su hijo
estaba en poder del hombre blanco.
CAPÍTULO VIII
En lo alto del paraje denominado “El hedor del hombre blanco” amaneció
aquel día una mañana gris y brumosa. La humedad del río
subía en vaporosos jirones por entre las ramas de los más altos
árboles que, a duras penas, trataban de sobrevivir, acuciados como estaban
por multitud de lianas y enredaderas, así como plantas parásitas
que, despabiladas por le vapor que subía del río, cambiaban apresuradamente
su metabolismo ansiando el bióxido de carbono en engorroso conflicto
con el oxigeno, que se abría paso por entre los conductos internos de
las hojas para eclosionar animando, como gas vivificador, la explosión
de vida que cada mañana tenía lugar en la selva brasileña.
Una extraña y gigantesca figura merodeaba por entre los estrechos senderos
con ademanes prudentes, y portaba, en lo que pudiera parecer su brazo izquierdo,
un manojo de plantas recién arrancadas de la floresta, que iba aumentando
ante nuevos hallazgos. Con frecuencia comprobaba una y otra vez sus aciertos
y su ingente masa corporal se estremecía de ira, a la vez que arrojaba
con furia las que no le convenían.
El manojo que portaba estaba constituidos por tallos subterráneos junto
a raíces, abultadas y tiernas, que pudieran considerarse aptas para el
consumo humano. Sin embargo, era la primera vez que se sorprendía a si
mismo en tales menesteres, porque su metabolismo no le producía una sensación
de hambre que pudiera haberle forzado a una expedición tan mañanera
y fatigosa.
Su contextura física no parecía haber sido concebida como para
moverse entre las espinosas ramas que le impedían frecuentemente el paso
por los estrechos senderos de la selva. Estos senderos se mantienen abiertos
debido al paso de animales de poca altura, por lo cual tienden a cerrase por
arriba, que es la parte de las plantas que recibe menos daño y puede
ser una trampa para los humanos, ya que mientras puede avanzar con los pies
libremente, se le cruzan las ramas a la altura de los muslos con lo cual va
arrastrando con ellos tanta cantidad de maleza que se ve obligado a detenerse
y cuando quiere retroceder contempla, angustiado, que el camino se ha cerrado.
Los indios llevan tiempo solucionando este problema con los machetes que les
trajo a sus antepasados el primer hombre blanco. Esto ocurrió hace muchas
lunas, cuando vivían en la playa. El primer blanco que visitó
la tribu no hizo más que bien. Con los primeros cuatro machetes, cuatro
hombres pudieron abrir los senderos y los animales de mayor tamaño pudieron
ser capturados. La tribu alcanzó un grado de economía superior
al de las otras tribus vecinas y se consideraron dichosos durante un tiempo.
Luego, la llegada de más hombres blancos desencadenó una tormenta
de problemas que se solucionaron cuando los hombres blancos notaron, al despertarse,
que no quedaba ningún indígena en las cabañas. Miraron
por todos lados pero las chozas estaban vacías.
La selva se había tragado a la tribu. Por varios días buscaron
y buscaron, pero no encontraron ni una sola huella de los huidos. El nuevo poblado
se levantó en la parte negra de la selva, en las fuentes del Iguazú.
Nunca más habían sido vistos los hombres blancos por el poblado.
Y decimos vistos porque al hombre blanco que vivía en la cúspide
de la montaña nadie le había visto. Sólo se sabía
que estaba allí.
Sin embargo todos estaban lejos de saber la verdadera naturaleza de aquel extraño
ser que nunca habló con los hombres del poblado. Decían los más
viejos que los tejones obedecían sus órdenes, aunque no sabían
cómo se las daba. También conocían su hedor, que había
dado nombre a la montaña. Por el hedor conocían el paso del blanco.
Arrawi tomo conciencia de si mismo cuando despertó en la oscuridad. Mejor
dicho, lo que le despertó fue el repulsivo olor a azufre que su aguda
inteligencia enseguida identificó.
Sin duda se hallaba encerrado en la guarida del monstruo, en la cloaca que le
servía de cueva. Todo estaba oscuro y cuando intentó moverse notó
un fuerte dolor en la espada que le hizo desistir. Pudo mover libremente su
mano izquierda con la que se palpó el cuerpo, el brazo derecho estaba
pegado a su pecho cono aprisionado por una extraña piel. Era una piel
ligera y de tacto rugoso, no era una piel, era un tejido de fibras vegetales
pero unas fibras finas que no existían el la selva. No pudo identificar
lo que le apretaba. Tenía forma de malla pero no cedía al estirarse
como pasa con los tejidos de fibra de palma que sus madres tejen en la tribu.
Un fuerte ruido le sobresaltó y le sacó de sus investigaciones,
toda la cueva temblaba como si fuera a desmoronarse. El terror ante lo desconocido
afloró a su rostro. En la más completa oscuridad, Arrawi. El pequeño
brujo, creyó que iba a morir.
CAPÍTULO IX
Las fuertes vibraciones que sacudían el habitáculo en el que se
encontraba Arrawi se mantuvieron durante unos diez minutos. La vibración
era continua, no parecía sensato relacionarla con un seísmo, antes
bien su desarrollo parecía corresponder a algún extraño
mecanismo que pudiera haber sido instalado. La gente de los Altos de Iguazú
atribuía en aquellos tiempos toda suerte de poderes y sortilegios al
hombre blanco.
El dominio sobre los tejones, el vaho amarillento y los tremendos sonidos que
retumbaban como truenos eran elementos más que suficientes como para
atribuir al maloliente ser cualquier tipo de dominio sobre los entes artificiales
y naturales, así como el poder de destrucción, desconocido en
su medida y en su potencia. Todos estos razonamientos pasaron como una luz por
la mente del muchacho y no hicieron otra cosa que aumentar su terror hasta hacerle
perder, de nuevo el sentido.
Al cabo de un buen rato, Arrawi despertó de su letargo y mientras se
daba cuenta de que sus fuerzas le habían abandonado comprobó,
sintiéndose zarandeado, que algo le estaba desposeyendo de sus ataduras
y respiró con fuerza al sentirse liberado.
Un leve destello verdoso comenzó a luchar contra las tinieblas y la agradable
luz le devolvió la vista sin que el tiempo en la oscuridad le hubiera
mermado ni un ápice de su excelente visión. Sus ojos comenzaron
a recorrer los ángulos de recinto y una gran cantidad de formas y objetos
extraños se ofreció a su intelecto como incógnitas de difícil
comprensión y totalmente disformes para el hábitat de su crianza.
Arrawi no había visto su rostro mas que reflejado en las aguas de los
abundantes remansos del río, pero tuvo gran dificultad en reconocerse
en un plano de cristal que le dejó completamente perplejo.
Se mantuvo inmóvil observándolo todo, y la expresión de
un rostro intrigado sustituyó a la de temor, pero la prudencia que tantas
veces le había salvado en los tropiezos con las fieras de la selva, le
mantenía en estado de alerta y no se movió hasta comprobar que
realmente se encontraba solo y su posible captor no le había impuesto
graves ligaduras que le impidieran la huida.
Al parecer podía escapar sin temor. Tenía la oportunidad de hacerlo
ya que su musculatura notaba el alivio de la circulación sanguínea
y su mente había tomado ya una posición de defensa ante la posible
amenaza del monstruo.
Como las mentes inteligentes se distinguen por la rapidez del razonamiento se
desarrollaban paralelamente ciertas contradicciones que anteriormente nunca
la habían conturbado. Esto es la dualidad de apelativos con que denominaba
a hombre de la montaña.
¿Quién sabía que era un hombre blanco, si
nadie le había visto?
¿Por qué le llamaba el monstruo, si no se recordaba ningún
daño causado por él. Él, Él... ¿Quien era
Él? o mejor ¿Qué era Él?
Estas ideas giraban
y giraban por su entendimiento sin poder aclarar la verdad pero unos ruidos
de ramas rotas que venían del exterior le pusieron en marcha y con rapidez
se dispuso a escapar.
Se puso a buscar una salida, un hueco, un pasadizo por donde escapar pero aquella
estancia parecía totalmente cerrada. La pieza que ocupaba llevaba o otra
más alargada y oscura. Lo que parecía claridad del exterior no
era sino una extraña flor que parecía tener dentro un pequeño
sol y emitía una luz más blanca que la otra. Sus nuevas investigaciones
le proporcionaron más problemas de identificación pues una serie
de objetos raros se ofrecieron a su vista.
Volvió a la otra habitación y pudo comprobar que su otro “yo”
le miraba desde el gran objeto luminoso, la figura salía y entraba en
el cuadro hasta que el muchacho asimiló la correspondencia entre los
movimientos de la figura y los propios.
Este último control de la brillante figura le llevó a la conclusión
de que Él había aprisionado su alma para que no pudiera escapar
y con esta idea se encontró más preso que por la imposibilidad
de salir físicamente. Él le había tomado, sin duda, como
esclavo.
CAPÍTULO X
La gigantesca figura avanzaba por la floresta seguida de siete u ocho zorrillos
que no se separaban del grupo. El ser, humano o robótico, miraba hacia
atrás y buscaba entre los árboles hasta asegurarse de que los
animalitos conservaban el orden de la marcha. De vez en cuando apartaba de su
corpachón una especie de pistola a la cual conectaba por encima de lo
que parecía el cañón, una bombonita transparente y, apuntando
con ella a la vegetación, hizo como un par de disparos hacia cada uno
de los árboles más frondosos. Enseguida un humo verdoso comenzaba
a desprenderse y a bajar de sus espesas copas.
Los animales se dirigían hacia las humaredas y retozaban con fruición
durante unos minutos. Al cabo de los mismos, el humo se aclaraba cada vez más,
hasta confundirse con el aire, y los tejones también habían desaparecido.
En su lugar una escuadra de vigorosos guerreros aguardaba, en posición
de marcha, la orden del gigante, Todos portaban escafandras, así que
ocultaban sus caras dentro de ellas. De elevada estatura, no eran sin embargo
tan altos como el hegemón que parecía haberlos creado. Por fin,
a un gesto del jefe, se pusieron en marcha.
En la guarida del gigante, Arrawi estaba asombrado por los nuevos descubrimientos. Su mente orientada desde pequeño a discernir y asimilar los procesos naturales, se enfrentaba de pronto a una inmersión tecnológica que sus despiertos sentidos trataban en vano de calibrar.
Repasó de nuevo la habitación en la que estuvo encerrado durante
bastantes horas y reparó en las andas que le habían inmovilizado.
Notó que los dolores de su espalda habían desaparecido y, poniendo
la mano sobre loas abrazaderas del artilugio comprobó que estaban abiertas.
Inconscientemente metió su mano por una de ellas y súbitamente
sintió que estaba atrapado. La abrazadera se había cerrado sobre
su muñeca y le sujetaba prisionero del artilugio. Aterrorizado, de nuevo
se debatió furiosamente, dando tirones y haciendo escorzos para escaparse,
pero todo fue en vano.
La abrazadera se cerraba más a cada tirón hasta que Arrawi comprendió
que de nuevo estaba inmovilizado. Desvalido en sus cortos años rompió
a llorar y por sus mejillas comenzaron a bajar con rapidez las limpias lágrimas
del niño que, a pesar de su entrenamiento y de sus recursos de subsistencia,
al fin era.ueño
conciliador le llevo la paz a su alma angustiada. Al quedarse dormido y como
si Arrawi formara parte del mecanismo del cepo, se abrió la abrazadera
y la mano de Arrawi resbaló, indolentemente sobre su pecho.
En el poblado varios de
los amigos de Arrawi hacían corro en un rincón de la choza comunal.
-Arrawi se ha ido para siempre. Se lo ha llevado el hombre Blanco. No volverá.
-¿Quién te ha dicho a ti eso? – interpelaron todos los demás-¡Cuenta,
cuenta rápido!
- No puedo…, por favor. No me obliguéis, yo…
¿Cómo que no puedes? Después de Arrawi yo soy el jefe.
¡Habla pronto!
-Es que mi padre me va a pegar, como se entere…
-¡Venga ya!- le gritó el mandamás, sacudiéndolo por
los hombros- Si no nos cuentas lo que sabes es que no quieres salvar a Arrawi.
Ante estas palabras el chiquillo hacía ademanes negativos sin poder articular
palabra.
Volvieron a sacudirle y, por fin le volvió la respiración.
-No. No- dijo balbuceando- Yo sí, yo sí quiero- y rompió
a llorar.
-Todos comprendieron que cuando terminara de llorar lo contaría todo
y con la filosofía que desde temprana edad recibían de sus padres,
aguardaron expectantes a que el rapaz comenzara a informar.
Yo estaba ayer tarde en la gruta y vi entrar a los amigos del padre de Arrawi,
bueno, y el padre.
También estaba.
-¡Y qué! Le apremiaron todos.
- Pues que les contó a los demás que había seguido el rastro
de Arrawi hasta lo alto de la barranca.
- ¿Qué barranca?- qué barranca, qué barranca –
se burló el interrogado- Pues todos van allí a coger las hierbas
esas para el caldo, sí, esas que dan pique a la sopa. Desde allí
se ve todo el ría hasta que llega al poblado.
Y,…y le dijo que cuando perdió el rastro olió el humo verde.
¡El humo verde!- apostillaron todos- Ese es el hombre blanco
- Y además las hierbas estaban machacadas.- añadió el informador
A la misma hora el cortejo guerrero del bosque se había adentrado por territorios inexplorados pero que el guía reconocía como propios.
Avanzaba con gran seguridad y, a veces, un extraño pitido que emitía
desde su escafandra producía un extraño efecto entre sus acompañantes:
Quedaban completamente inmóviles y brotando desde un dispositivo adosado
a su impedimenta, un burbujeante gas verde les hacía tomar de forma maravillosa
la morfología del ser que tuvieran más próximo. Uno que
se había pegado a un grueso árbol tomó tan perfecta asimilación
a su tronco que leño parecía, otro dos se asimilaron al suelo.
El gas verdoso que burbujeaba sobre su ropa copiaba al momento la estructura
básica y la morfología adecuada para confundir incluso a mas avezado
indio de la floresta.
El jefe, unos segundos más tarde adoptó el apropiado mimetismo
para dejar pasar al más bello de los animales de la selva americana.
Era la hembra del jaguar que notaba algo extraño y que se apartó
de su habitual camino por si aquello que le parecía extraño tuviera
la virtud de ser comestible.
Engañada por su sentido de la vista, no lo fue tanto por el olfato y
en grado de máxima tensión se fue acercando lentamente a uno de
los árboles olisqueando las hierbas alrededor de él. Cuando llegó
a gas verde, lo aspiró con fruición y con un deperezamiento placentero
de su elástico sistema muscular, se tendió cual larga era y quedó
profundamente dormida.
CAPÍTULO UNDÉCIMO
Tras unos momentos en que el silencio de la selva sólo era turbado por la ligera brisa que rielaba entre las ramas altas de los árboles, se oyó un estridente grito impropio de garganta humana y los guerreros aparecieron haciendo corro alrededor de la fiera dormida. El jefe, hombre máquina, se agachó y después de unos instantes de observación miró a todos sus camaradas y comenzó a pasar su guante metálico sobre la suave piel de la hembra de jaguar y ésta comenzó a temblar, despertando poco a poco pero sin mostrar el menor asomo de agresividad hacia los circunstantes y mucho menos hacia su mentor.
Éste se levantó, dando un paso atrás, y la fiera lo hizo lentamente sin apartar sus ojos de aquel extraño ser que la había dominado de forma tan tajante y tan suave a la vez.
Todos los componentes de la partida comprendieron en ese momento que tenían que aceptar un nuevo elemento en el dispositivo táctico del grupo, aunque ninguno de ellos lo iba a considerar como un compañero ya que ese concepto no existía entre las instrucciones que recibían del jefe.
Empezaron a marchar al ver que él tomaba la cabecera del grupo y el jaguar, agachando la cabeza, tomo el camino a continuación del último de la comitiva. Constantemente sacudía la cola como aceptando una poderosa y oculta orden que en su rudimentario intelecto de fiera le impedía atacar a aquellos extraños seres y le movía a acatar con tranquilidad y suave sometimiento las correcciones que cualquiera de ellos le hacía si se rezagaba o se distraía.
Por más de dos horas caminaron sin descansar hasta que, con un enérgico ademán de su brazo, les llamó el alto guía a su alrededor. Cuando comprobó que todos le prestaban atención, extrajo de su equipaje la extraña pistola y les gratificó con una buena dosis del burbujeante gas verde.
Después de unos instantes de éxtasis placentero comenzaron todos a agacharse sobre sí mismos y aparecieron como por arte de magia los zorrillos de antes y cada cual tomó su camino hasta desaparecer por completo, dejando solos frente a frente al hombre metálico y la fiera domada.
El hombre miró al jaguar profundamente a través de lo que parecían ser unas gafas de infrarrojos y ésta bajó la cola como si por telepatía hubiera comprendido, de forma total, las instrucciones que tenía que seguir para el desempeño de su papel dentro de tan extraña comitiva.
El jefe, como si estuviera cierto del buen destino de sus ordenes mentales, volvió a sacar la pistola de gas propinándose a si mismo una buena dosis del gas verde, adoptando de inmediato un mimetismo con la vegetación que pudiera ser que la jaguara fuera el único ser que podría identificarlo y más que por su imagen por el extraño hedor que emanaba.
Duodécimo capitulillo XII
Antes de una nueva intervención se adelantó Melawi:
-A la cueva iremos cinco, nosotros dos,
Urajhi el trepador, Rahwaji el mayor
su hermano Meloh, el seguidor de rastros.
Cinco hombres avanzaban con rapidez por un estrechísimo sendero al lado del río. Aparte del extremado moreno de su piel no portaban más ropa que extraño taparrabos confeccionados por las mujeres de su tribu.
Se componía de una faldilla de fibras tejidas con maestría en la que la combinación de colores parecía encerrar algún mensaje, seguramente relacionado con el nombre de su portador o con sus habilidades más características como se estilaba entre toddas las tribus de indios que habitaban en este tiempo en los recodos de uno de los más altos afluentes del Igwazú.
Tan altos que se mantenías escasamente contaminados por la civilización de los hombres blanco y los moradores de la zona sabían de éste por los relatos de los más viejos de la tribu.
La mayoría de los narradores desaconsejaban a los jóvenes tomar contacto con los blancos que vivían en la factoría o poblado que se encontraba mucho más abajo, cerca del inmenso lago en donde fueron exterminados los indios que habían sido educados como los blancos por el hombre amigo, el de la barba blanca que tánto les llamaba la atención.
Este hombre blanco, seguramente un jesuita que se había escondido en la selva cuando llegó la noticia de que su rey de España les hacía volver.
Este hombre blanco, distinto de todos los demás fue el que les entregó los cuchillos de sol, los brillantes machetes que tan buenas herramientas fueron para los indios.
Con algunos de estos machetes y varios arcos además de una copiosa cantidad de flechas repartidas en sendas aljabas.
No llevaban ni comida ni agua, pues la selva era su casa y de ella podrían obtener cuanto necesitaran para mantenerse con fuerzas suficientes para vencer cualquier suerte de amenaza o peligro que pudiera cernise sobre ellos.
Todos iban preocupados por lo que le estuviera sucediendo al niño perdido, sobre todo después de haberles comunicado Melahwi sus averiguaciones.
Algunas veces se paraban a escuchar pero sólo el rumor de las turbulentas agua era la respuesta a su observación.
A su paso los pájaros se marchaban y alguna otra especie de animal mas peligroso pudiera haber cambiado su itinerario para no toparse con tan aguerrido grupo. Como a Melahwui le dijo un día su padre antes de morir :
-Las fieras de la selva notan el olor del miedo, -él decía- el sudor del miedoso huele mucho y las fieras lo huelen y saben que no se va a defender, pero tambien advierte como huelen los hombres puros y no se atreven a atacarles.
Como hombres puros se debería referir a lo que en nuestra tierra llamamos un hombre cabal.
De pronto, Melahwi se agachó y todos se detuvieron.
Melahwui destrozaba entre sus dedos una extraña y espumosa sustancia de tono verdoso. Mostrándola a todos les dijo con gravedad:-
-Mucha atención, a partir de ahora la selva ya no es nuestra casa. Ahora es la casa del hombre blanco.
CAPÍTULO DÉCIMO TERCERO XIII
El hombre máquina proseguía su camino por entre unas rocas que taparon su enorme figura por unos momentos.
Reapareció un poco cambiado y ya no parecía tan corpulento. Parte de su equipación se encontraba en un lugar seguro y su envergadura le permitía sobresalir por encima de las rocas.
De pronto se oyó un ruido estridente y metálico seguido de otro muy sordo como si una puerta acolchada se cerrara con un sincronismo perfecto de todo su mecanismo. Después el silencio se extendió por todos aquellos parajes y los pocos pájaros que no habían abandonado el lugar lo hicieron con prontitud ante la llegada de una nueva comitiva.
Eran unos ocho o nueve hombres blancos de aspecto descuidado , pero aguerrido. De sus cinturones pendían armas automáticas a la vez que cada cual portaba en mano un largo machete con el que, de forma torpe y disparatada, golpeaban la maleza a ambos lados tronchando o quebrando las ramas de los arbustos con lo cual su progresión era demasiado lenta, lo que motivaba la serie de insultos vociferantes que el primero de la hilera propinaba a todos los demás.
Los cuatro últimos hombres de la columna eran indios de rostro triste y desanimado y portaban sobre sus hombros enormes fardos con los pertrechos de la patrulla. A pesar de su lentitud no tardaron mucho tiempo en desaparecer internándose en la parte más profunda de la floresta.
Arrawi despertó de su tranquilo sueño y respiró profundamente hasta comprobar que su sistema locomotor le respondía al ciento por ciento y comenzó de nuevo a planear cualquier sistema de fuga de aquel extraño escondrijo que no tenía nada en común con las chozas comunales del poblado. No tuvo mucho tiempo para pensar.
Tras una serie de ruidos desacostumbrados, la estancia se iluminó con una suave luz verdosa y se encogíó presagiando lo peor.
El gigante el hombre-máquina estaba plantado delante de él y Arrawi, inmovíl y aterrado, sin querer levantar la vista, se encogía pensando que se encontraba a unos instantes de morir .
Sin embargo el hombre no se movía y Arrawi se atrevió por fin a mirarle. Desde el suelo lo veía altísimo. Trataba en vano de encontrar en el ser extraño unos ojos con los cuales enfrentarse para calibrar las intenciones del supuesto enemigo.
Emitiendo unos leves chirridos, lo que parecía una mano del gigante se estremeció y comenzó a moverse con dirección al prisionero y cuando éste temía el golpe mortal, notó en su cabeza un agradable estímulo eléctrico que le hizo comprender súbitamente que no existían intenciones agresivas en aquel extraño ser.
Sin saber exactamente lo que hacer y de forma refleja levantó su mano hasta tomar contacto con la de él .
Al tocarla se operó un nuevo cambio en la armadura del hombre.
Se abrió una especie de visera que se replegó hacia su frente y así Arrawi pudo contemplar por vez primera la cara del hombre de la montaña. Desde este momento su vida iba a acometer una aventura que ni su mismo padre el brujo Melahwi podría haber imaginado.
CAPÍTULILLO DÉCIMO CUARTO XIV.
Arrawi había sentido en sí mismo una paz interior que no era otra cosa que la disipación del miedo natural que había sentido ante sensaciones extrañas que su mente no podía explicar.
Su mirada buscó la dirección adecuada hasta distinguir entre el amasijo de cables, que cruzaban de un lado a otro la cara del captor, dos puntos luminosos que pudieran ser una suerte de ojos válidos según cualquiera de los sistemas ópticos que pudieran existir lejos de las tranquilas tribus indígenas de aquella zona.
Una suave luz del consabido tono verdosa iluminaba el rostro del niño quien se sentía fascinado ante tan gran cantidad de información visual.
Un extraño ronquido comenzó a salir de entre los hilos del rostro y se fue aclarando hasta convertirse en una clara voz de autómata.
-No? miedo?- creyó entender a duras penas el muchacho.
-No tengo miedo -comentó Arrawi de forma refleja.-¿Quién eres?- le dijo a su oponente.
-Tú?no?puedes?saber- contestó el hombre.
-¿Vas a matarme?- irrumpió Arrawi de forma tímida.
-¿Matar?-repitió el gigante. ¿Matar?...
En ese momento se oyeron unos leves chirridos en la parte frontal de la escafandra y el hombre pareció haber rescatado de un banco de datos el significado de la palabra matar.
-Matar?. ¿No matar tú Ectum? ? repetía mientras se golpeaba el pecho con la mano.
Arrawi comenzó a comprender. El extraño le estaba requiriendo la información de sus intenciones agresivas.
-Arrawi no matar tu.., Ectum..,no matar Ectum.- terminó al recordar el posible nombre.
Ante estas palabras el extraño pareció sentirse complacido y volvió a colocar su guantelete sobre la cabeza de Arrawi y este sintió un gran bien, como si un halo benefactor se derramara sobre él.
Un momento más tarde lo tomó de la mano y, tirando de él con sumo cuidado lo llevo hacia la habitación de al lado, en donde Arrawi había tenido su primer encuentro con la cámara de vídeo. Corría el año 1917 en la amplia Amazonia.
Se detuvo ante una pantalla y cogiéndole con cuidado de los hombros le indicó con señas que mirara hacia allí.
Arrawi quedó pasmado de nuevo. En la pantalla veía su poblado, todos sus amigos estaban allí, el grupo entero. Les veía moverse de forma relajada y sin notar que él les estaba observando.
El hombre comenzó a apretar unos botones con una especie de dedo mecánico que le sobresalía de la zona carpiana y con probada habilidad mostró al niño diversas escenas en las que éste aparecía con su padre caminando por la margen del río y también zambulléndose en el pequeño lago que en la estación seca quedaba separado del río por un estrecho banco de arena en donde los amigos de Arrawi aparecían dando volteretas.
El niño no salía de su asombro.
Ya más confiado, miraba al hombre y buscando su rostro componía a cada momento muecas como demandando información de lo que estaba ocurriendo.
Éste, sin decirle nada continuando el aparato y completó su exhibición de técnica ya que, colocándole al niño unos auriculares le colmó de asombro, pues éste dio un respingo cuando oyó dentro de su cabeza la voz de su padre, Melahwi cuya imagen aparecía en la pantalla junto a la de otros cuatro hombres de la tribu quienes parecían escucharle con atención.
Súbitamente, el Hombre desconectó el ingenio y se volvió a mirar al muchacho. Le miró fijamente y entonces Arrawi pudo ver sus ojos. Eran verdes, del color del mar en los días de sol y le inspiraban confianza, lejos ya los temores que le habían inspirado las leyendas de la tribu e incluso los relatos de su propio padre.
El hombre le habló de nuevo, ya con más seguridad que la primera vez:
- Yo soy Ectum, yo soy viajero del cielo. Pero quedo aquí porque tu tribu está en peligro.
-¿Entonces tu no eres el hombre blanco?- inquirió el niño.
El llamado Ectum no pareció entender la expresión.- ¿Hombre blanco Ectum?,
-Hombre blanco Ectum no, no. Ectum no hombre, no blanco. Ectum marítimun.
-Ectum, marítimum, Ectum verde.
-¿No eres un hombre? Pareces humano.- Le explico el niño.
-¿Humano?- Y volvió a oírse el zumbido de su escafandra ? No humano; humano tierra, marítimum mar, agua.
Arrawi le escuchaba con expresión de asombro y ya empezaba a comprender algo del extraño ser cuando por la falta de alimento y la gran intensidad de los últimos momentos vividos sufrió un súbito descenso de su tensión arterial y se desplomó exánime entre los brazos de su nuevo amigo.
Éste lo trasladó a una especie de plataforma con sumo cuidado, depositándolo suavemente lo cubrió con un paño de plástico y al momento el color retornó a las mejillas del muchacho.
DÉCIMO QUINTO CAPITULILLO XV
Los cinco indios caminaban con cuidado por una estrecha senda ya conocida. Melahwi indicó a sus compañeros:
-Mirad con cuidado a ver si encontramos huellas de tejones.
-¿Cómo son las huellas de esos bichos? Yo nunca las he visto- preguntó Meloh.
-Nosotros tampoco – apostillaron los demás.
Melahwi les fue mirando uno a uno a la cara y explicó con parsimonia y afectación.
- Yo tampoco he visto a ninguno porque los tejones no son animales originarios de estas tierras. Los trajeron los hombres blancos para librar sus patios de aves silvestres que les picaban las mazorcas de maíz y luego se comían el grano que caía al suelo. Lo único que sé de los tejones es que si se ven acorralados se defienden luchando hasta morir.
Me contaron cuando era niño que habían visto una anaconda muerta que entre sus anillos mantenía asfixiado un extraño animal de cuerpo peludo y patas robustas y cortas, según creo era un tejón. Había sido atrapado por la serpiente cuando bebía en el río y a pesar de estar sin aliento había mordido el cuello de la anaconda hasta causarle la muerte cuando él también expiraba. Son animales temibles, por eso son amigos del hombre de la montaña.
- ¡Y dices que no sabes nada de los tejones!- rieron todos.
- Sólo sé lo que me contaron, pero no sé nada de sus costumbres.
- Y que huelen muy mal- añadió el trepador.
Continuaron su camino sin más palabras y sobre todo atentos a los pequeños calveros
que de cuando en cuando aparecían a ambos lados del comino pero no encontraron ni una sola señal corporal, ni tampoco más restos de espuma verde.
En primer término marchaba Melahwi, alternando con Washimi, detrás Urajhi el trepador quien a veces se encaramaba hasta la cúspide de los grandes árboles que aparecían, bajando siempre desolado ya que la espesa selva ocultaba incluso a sus amigos.
Al final charlaban animadamente Rahwaji y Urajhi. El tema de conversación era sin duda qué es lo que mandaría el brujo que encabezaba la comitiva en algún momento en que avistaran al ominoso hombre de la montaña. El primero sacó una flecha de su aljaba y sin tocar la punta hizo ademán de clavarla en una imaginaria figura que representaba a su posible enemigo.
-Yo prefiero la cerbatana- dijo Urajhi- Si estás en medio de la maleza no puedes usar el arco. Se te enganchará en cualquier rama y puedes herirnos incluso a nosotras.
- Puede que tengas razón, pero yo puedo alcanzar a un enemigo más lejos que tú con tu cerbatana.
-A lo mejor hacen falta todo tipo de armas que podamos tener, yo no he querido menospreciar tu habilidad con el arco, lo que pasa que a mí estas armas modernas no me gustan del todo, puede ser porque no las sé manejar.
-Yo puedo enseñarte cuando quieras- ofreció Urajhi- sólo hay que tener constancia. Lo demás es un truco.
-¿Qué truco?- inquirió Rahwaji- ¿Puedes decírmelo ahora?
-Sí, es muy fácil, mantener la verticalidad y apuntar un poco más alto.
-¿Cuánto más alto?
-Eso depende de la distancia. Cuanto más lejos, más alto.
Rahwaji movió la cabeza de un lado a otro sin duda tratando de reproducir mentalmente alguna situación en la que con su cerbatana era demasiado lejos y se prometió a si mismo aprender con la ayuda de su amigo.
Fueron interrumpidos por Washimi que llegó corriendo con gesto adusto y contrariado.
-Hemos visto varios hombres que Melahwi dice que son blancos. Callad, hemos estado a punto de ser descubiertos por vuestra charla. Venid con cuidado, los intrusos están acampados al lado del río.
CAPITULILLO DÉCIMO SEXTO. XVI
Todos se reunieron con Melahwi quien les hacia expresivas señales de que no se dejaran ver.
Esto era tarea fácil pues los indios de estas zonas del alto Iguazú suelen embadurnarse el cuerpo de barro antes de ir a cazar.
Este barro que se forma en las márgenes de uno de los más escondidos riachuelos de la cabecera del gran río tiene un óxido de cobre en la composición que al contacto con el agua emite un brillo verdoso muy en consonancia con el verde de las hojas cuando reverberan al sol.
Siempre queda algo de este barro adherido a su piel lo que, junto al todo cobrizo de su piel tostada por el sol, les confiere a los indios una facilidad mimética de la que nunca podría gozar un hombre blanco.
Por ello los de esta raza que se aventuran en la selva se engalanan con trajes de explorador confeccionados en la ciudad con resistentes telas de color verde o pardo.
Estas ropas, que causan impresión en los puertos y embarcaderos, no son tan útiles cuando la maleza arranca jirones de ella y convierte los hermosos trajes en mugrientos harapos.
De esta guisa se encontraban al lado del río seis hombres blancos y cuatro indios, estos, habiendo adoptado la misma moda que los blancos, se hallaban tan sucios y desarreglados como aquellos. Una columna de humo delataba tanto la fogata como a ellos mismos y los de la aldea pudieron observarlos con tranquilidad y detenimiento.
Tal era el cansancio que se advertía en la comitiva que no prestaron atención a las labores de vigilancia necesaria y estaban allí abajo, junto al río, tanto a merced de los indios que les vigilaban como de las fieras que abundaban en aquellos parajes.
Uno de los blancos se levantó con lentitud, encarándose con los cuatro porteadores que se habían dormido a causa del tremendo cansancio que les había ocasionado el trasporte de cerca de cincuenta kilos de hoja de coca prensados con los diez kilos de más que era lo que pesaba el fardo continente pues se componía además de robustas argollas de hierro por entre las cuales se tensaba una cuerda de pita que impedía el desencuadernamiento del fardo.
Como ninguno de los porteadores indios se levantara ante sus vociferantes órdenes, tomó del suelo un látigo de cuero trenzado y la emprendió a golpes y zurriagazos sobre los desvalidos indios.
Era tal su furor en el castigo que no cejaba de manifestar con crueldad su odio hacia los que en su racismo incontenible consideraba de reza inferior. Por lo tanto los mismos latigazos que propinaba a los pobres porteadores no permitían que estos se levantaran.
Se ensañó especialmente con el que parecía de menos edad, un joven de unos veinte años que sintiéndose sin fuerzas y herido, trató de arrojarse contra el cruel castigador pero fue rechazado con violencia por este.
El blanco, al ver la rebeldía del muchacho echó mano al cinto en donde colgaba la funda de su revólver.
Empuñando éste, apuntó al chico con la intención de darle muerte para castigar su osadía y para domeñar a los otros.
El joven compuso una expresión de terror impotente, pero su sorpresa fue mayúscula cuando en lugar de oírse el estampido esperado, un fuerte silbido cambió totalmente la situación. El maltratador se desplomó con la garganta atravesada de un flechazo.
En el suelo, su propia inmovilidad confirmo su muerte súbita.
Sin embargo nadie reparó en el pequeño dardo que asimismo se alojaba en su cuello.
El efecto del curare suele ser fulminante.
El tejón de la palma.
CAPITULILLO DÉCIMO SÉPTIMO (XVII)
Los otros compinches encararon sus rifles hacia la maleza, disparando alocadamente sin poder alcanzar a los avezados indios de la aldea mientras los cuatro porteadores habían sacado fuerzas de flaqueza para ponerse a salvo tanto de los disparos como de las flechas.
Melahwi y los suyos no sabían tampoco lo que eran aquellos ruidos tan parecidos a los que se oían en el cielo nublado de las tormentas de verano.
Sin embargo el aspecto tan desagradable de los contrabandistas no era acorde con lo que en la mente de los indios se asemejaba a la idea de los dioses.
Viendo la templanza y la serenidad en el rostro de Melahwi se mantuvieron detrás de los grandes troncos con sus rudimentarias pero efectivas armas listas para usar.
En el litigio entre el arco y la cerbatana se había suscitado un empate.
Los contrabandistas seguían disparando sin tregua y en sus mentes se denotaba grandemente el miedo a lo desconocido.
Los indios aguardaban la orden de Melahwi para volver a disparar sus primitivas armas pero éste permanecía impávido. No dejaba de observar a los cuatro porteadores quienes reponiéndose de forma mágica de la tremenda paliza recibida, se habían puesto a salvo de un salto y estaban bien guarecidos detrás de unas rocas llenas de maleza que los ocultaba por completo a los ojos de los blancos.
Sin embargo la aguda visión de Urajhi el trepador les había localizado sin dificultad desde una alta atalaya a la que había trepado retrocediendo una veintena de metros y a cubierto de los disparos de rifle.
Melahwi nunca había tenido en sus manos ningún arma de fuego, pero su padre había vivido en la costa durante un verano en su juventud, antes del gran viaje hasta las entrañas de la selva y había visto a los blancos disparar sus rifles.
Se había dado cuenta de su poder mortífero, pero también sabía que un trozo de piedra gris se metía dentro del arma y era lo que salía por el agujero y se clavaba en los animales y a veces los atravesaba. Pero el proyectil siempre viajaba en línea recta. Él bien había sabido cubrirse cuando el amo blanco enloquecía con la droga y la emprendía a tiros con cualquiera que se le cruzara por medio.
Lo más claro que le quedó a Melahwi de la explicación de su padre era que si su cuerpo permanecía enteramente cubierto por una roca o un tronco, los disparos pasarían de largo. También le dijo su padre que nunca se cubriera detrás de unos ramajes porque los proyectiles que salían por la boca del cañón metálico penetraban por la hojarasca sin obstáculo. Para explicárselo después a sus amigos utilizaría la cerbatana como símil plausible que les diera una idea.
Los disparos decrecieron de pronto y el silencia cubrió la explanada del río, los pájaros habían huido asustados, todo el elemento indio estaba oculto y los apurados contrabandistas quedaron plantados sin saber qué hacer.
Probablemente se habían quedado sin municiones y uno de ellos se buscaba con la mano en una especie de canana con la expresión insatisfecha de quien no sabe qué solución tomar. Quedaban allí indefensos y aterrorizados muy lejos de la bravuconería que habitualmente ostentaban.
Melahwi no se fiaba de los antedichos, su mente educada por elementos naturales no funcionaba igual ante otro tipo de cultura y de raza. No albergaba ningún tipo de sentimiento con respecto a aquellos hombres, ni siquiera por no dudar de sus intenciones criminales de unos minutos antes.
Por ello hizo una seña a sus compañeros para que armaran los arcos y cargaran las cerbatanas y a Washimi le indicó que iban a saltar abajo para plantar cara a los intrusos.
De un salto se descubrieron y llegaron delante del asustado cuarteto y les ordeno que se sentaran en el suelo. Como notara una ligera vacilación en ellos, levantó la mano suavemente y del mismo modo asomaron por encima de las rocas dos arcos perfectamente encarados con su flecha apuntándoles al corazón y una cerbatana que desde la boca de su proveedor les podría llevar la muerte en un instante.
Ante esta demostrativa versión arrojaron al suelo sus inútiles armas y dejáronse caer al suelo ante las reiterativas señales que les hacía Melahwi. Fue entonces cuando les habló.
Sus palabras no fueron tan bien entendidas como sus señales. Recurrió a la mímica sin resultado positivo. De pronto se le iluminó el rostro y ordenó a Urajhi:
-Tráeme aquí a los cuatro paisanos que venían con éstos.
CAPITULILLO DÉCIMO OCTAVO XVIII
Washimi y Meloh se dirigieron a las rocas tras las cuales se habían refugiado
los porteadores y tras buscar unos minutos descubrieron la hierba pisada, pero
nada más.
Con esta información volvieron hasta donde estaban los demás para
informar a Melahwi.
- Los porteadores han huido. ¿Los buscamos?
- ¿Para qué? Son indios. Sabrán sobrevivir en la selva.
El problema lo constituyen los blancos. No sé qué hacer con ellos.
- Podemos dejarlos aquí a su suerte.
- Sí, es bueno dejarlos aquí, así aprenderán lo
que es la selva.
- No aprenderán nada, morirían de hambre o devorados por las hormigas,
mejor sería darles muerte- recriminó Melahwi.
- Haremos lo que él diga- dijo Washimi, señalando al brujo.
Melahwi movió la cabeza, como pensando lo que iba a decir, pero se arrepintió
y entró en el silencio comunal. Era una decisión aparentemente
intrascendente, pero de ella iba a depender la resolución de los acontecimientos.
El silencio se dilató como si el tiempo se hubiera suspendido.
Todos esperaban la intervención de Melahwi, sin embargo éste comenzó
a caminar cabizbajo sin decir nada. Comenzó a caminar en círculos
lentamente, como si temiera pisar algo, y así todos supieron que no deberían
hablarle hasta que, de nuevo, él tomara la palabra.
El sol extendió su último suspiro, una suite de desvaídos
colores sacudieron la selva, acompañando la caliente brisa que precedía
a la noche. Los indios esperaron tranquilamente el juicio del brujo. Melahwi
detuvo su paseo y levantó la cabeza para hablarles.
-Les daremos un cuchillo para cortar el camino y un cesto de frutos hasta que
puedan encontrar comida. Los dejaremos en territorio del hombre blanco. Allí
vi una especie de caverna que les puede guarecer temporalmente. El problema
es que no podemos hablar con ellos.
-Es una lástima que se hayan marchado los porteadores. Deberías
haberme dejado que los buscara. Tal vez alguno de ellos supiera la lengua del
hombre blanco.-dijo Washimi.
-No esperando mucho podrás verlos, están ahí detrás.
Y Melahwi señaló con el dedo un árbol.
Allí estaban los cuatro. Apretujados y temerosos, no sabían lo
que podrían esperar de los indios de la alta selva, sabiendo como sabían
que éstos desprecian a los que dejan sus poblados para trabajar en la
costa, a las órdenes de los hombres blancos de allí.
Los que cambian cuchillos por unas hojas con forma extraña que no crecen
en ningún árbol, a las que llaman dinero.
Melahwi, sabiendo que le entendían les habló con voz ronca y autoritaria:
-Venid aquí mismo- les ordenó.
De forma tímida, como animalillos asustados fueron saliendo del abrigo
y reconociendo la autoridad natural que emanaba la figura de Melahwi, se postraron
ante él.
-No te conocemos, señor de los indios de la alta selva, no sabemos quién
eres, ni cuál es tu nombre, pero sin duda debes ser un gran guerrero
y un juicioso jefe. A ti nos ofrecemos como esclavos para servirte y como guerreros
para luchar por ti.
-De tu buen juicio esperamos que nos perdones la vida, pues puedes sacar hartos
beneficios si nos dejas trabajar para ti. Hemos servido a los vituperables hombres
blancos a la fuerza y temiendo por nuestras vidas pero a ti señor te
serviremos de corazón pues estamos perdidos en esta zona de la selva
y no tenemos ni armas ni herramien…
- Con voz de trueno le gritó Washimi:-¡Un momento, un momento!
-Como no le respondas vamos a estar aquí hasta mañana, vaya caña
que nos está dando el fulano- le susurró a Melahwi al oído.
El brujo le hizo con la mano un ademán como de que no se preocupara,
pero también estaba intrigado por la maestría que el porteador
manifestaba en el dominio de la lengua india. Como vio que el orador había
enmudecido se dirigió a él:
-¿Dónde has aprendido nuestra lengua?
El porteador adoptó un tono ya más confiado al responder:
-Me lo enseñó un hombre blanco.
¿Un hombre blanco?- le gritaron los indios de la selva- Estás
loco.
Y sacudieron sus vientres al reír estrepitosamente
CAPITULILLO DÉCIMO NOVENO XIX
Arrawi comenzó a despertar entre leves gemidos que pronto cesaron al
recobrar el muchacho la plenitud de sus fuerzas.
Miró con desconfianza a su alrededor, pero la dureza de sus facciones
comenzó a desaparecer al recordar sus últimas vivencias. Entonces
reparó en Él. Él como le llamaba Arrawi o Ectum como se
había denominado a si mismo se encontraba a escasa distancia y le miraba
atentamente.
Arrawi pudo denotar rasgos de solicitud en lo que días antes le había
inspirado terror.
Pero no había nada que le hiciera sentirse en peligro y muy a su pesar
reconocía en su afectividad más profunda que aquel ser extraño
ya poseía un lugar en su corazón. Lo que ignoraba Arrawi era que
esos amistosos sentimientos no habían nacido espontáneamente en
su corazón, sino que habían sido programados de forma artificial,
desde el exterior.
Ectum se había despojado totalmente de su armadura. Sólo le quedaba
un pequeño dispositivo que se alojaba en un lateral de su cara y que
a primera vista podría tomarse por un sofisticado respirador.
Hallábase cubierto por una prenda de vestir unitaria, a la manera de
los monos de esquiar, sus manos, de morfología humana, se hallaban asimismo
cubiertas con finos guantes de color verde y sus botas parecidas a las de un
montañero, con complicados aparatos de micro-ingeniería adosados
a los laterales que llamaron la atención de Arrawi, pero éste
no se atrevió a preguntar acerca de su utilidad, hasta que el gigante
le explicó al notar la dirección de su mirada:
-Ectum nunca sin defenderse. Hay seres cerca de aquí y máquina
sensorial detecta sustancia extraña. Ectum no conoce nombre. En casa
de Ectum no existe, pero historia en Casa Ectum llama Sustancia Yrurkaum. Gente
que lucha, en el cuerpo, dentro sangre está.
Arrawi sabía por las enseñanzas de su padre que las personas que
luchan tienen más fuerza que cuando están tranquilas y que el
hombre blanco bueno que antaño les ayudó le llamaba adrenalina.
Era una sustancia que Dios la había puesto en la sangre para dar fuerza
en la defensa, por lo tanto Sustancia Yrurkaum era la adrenalina. ¿Cómo
podía Ectum saber que unos seres que había fuera tenían
eso en la sangre?
Su padre también le había explicado que algunos hombres tienen
una enfermedad que es que siempre tienen la sangre llena de esa sustancia.
No pueden quitarla y están locos, y quieren matar a otros, quieren quitarle
la mujer o los hijos o la casa. Entonces los más sabios y prudentes del
poblado se reúnen y ven si es mejor matarlo o expulsarlo.
Recordó que una vez su padre fue llamado a un poblado vecino, hace años,
cuando vivían más abajo. Estuvo ausente tres días y cuando
volvió, no quiso decir nada de lo que había pasado porque, explicó,
era un secreto.
Mientras pensaba no notó que Ectum había pasado a otra habitación
que él no había descubierto en su primera exploración.
Enseguida volvió y traía un humeante plato de pescado cocido aderezado
con unas hierbas cuyo olor resultó familiar al niño.
-Ectum sabe tu pueblo come pescado del río, pescado de río sucio,
pescado de Ectum mejor que de río.
-¿Tú comerás también?- inquirió el muchacho.
-¿Por qué Arrawi piensa Ectum no come? Ectum no máquina.
Ectum hombre. Ya dicho antes. Ectum hombre marino. Arrawi hombre niño
terrestre. Ya, Arrawi, sabes para siempre.
Ectum no máquina.
CAPITULILLO VIGÉSIMO XX
Arrawi miró con atención el plato de hierbas que su raptor le
estaba ofreciendo. Entre ellas pudo conocer restos de las algas verdes que dan
color a las piedras que sus amigos y él mismo han empleado tantas y tantas
veces con el fin de hacerse invisibles en la selva.
Junto a éstas notó también dos o tres conocidas y el resto
era tan extraño como si hubiera habido un cambio en su morfología
básica y se hubieran convertido en la salsa verde tan parecida a lo que
los tejones tanto apetecían.
Con un asomo de desconfianza, miró a Ectum a la cara, fijamente, y se
quedó así, esperando como alguna explicación acerca del
cocimiento de hierbas que permanecía humeante en el plato.
El hombre del mar dijo:
- Come tranquilo, come manjar de Ectum que dará al niño de selva
gran poderío de fuerza y gran sabiduría de mente.
Arrawi notó que su lengua estaba siendo asimilada por la mente del hombre
cada vez con mayor fluidez.
También notaba en su interior la ausencia total de miedo y este estado
de bienestar interior le animó a introducir parte de aquellos alimentos
en su boca y, tomando con los dedos una porción de hierbas, la introdujo
con cuidado entre sus labios hasta notar su agradable sabor.
Como notara en las hierbas un delicioso sabor a pescado, preguntó:
- ¿Qué le has hecho al pescado? ¡Que rico!
- ¿Te gusta? No pescado de río. Pescado de casa de Ectum. Pescado
de mar.
- ¿Mar es gran río?- v0lvió a preguntar.
- No, - explicó Ectum- mar es mundo de agua. Hay dos mundos, uno, tierra,
pequeño, otro mar, grande. Mar abajo, puro, limpio, tierra arriba, casi
toda sucia, sólo tierras altas limpias como mar.
Arrawi no supo qué decir y se dedicó en silencio a saborear la
rica comida del hombre blanco.
Entre los dos seres del habitáculo comenzó a correr una agradable sensación de simpatía que arrancó del rostro del gigante una extraña mueca que podría haberse tomado por una sonrisa y él mismo, también con los dedos, comenzó a comer con expresión satisfecha.
Unos kilómetros más arriba, pero también cerca de la margen
del río, los hombres del poblado se encontraban frente a Melahwi, esperando
cuál iba a ser su decisión.
Los prisioneros les miraban con expresión atónita y los indios
porteadores permanecían todos mirando la expresión del brujo de
la que iban a depender los respectivos destinos.
Entonces habló Melahwi en voz baja sus paisanos:
-No quiero que los matemos, porque van a venir más hombres de su clase
para ver quien los ha matado.
Tampoco veo razonable llevarlos al poblado porque así aprenderán
dónde está.
-¿Entonces, qué? ? inquirió involuntariamente el locuaz
porteador.
-Calla, indio renegado ? le recriminó el brujo.
Se quedó pensando y, después de unos instantes de duda, levantó
la cabeza y ordenó con voz firme:
- Entonces? ¡en marcha!
Los prisioneros blancos comenzaron a levantarse sin dejar de mirar con expresión
nostálgica el montón de fardos de hoja de coca que los porteadores
habían apilado en uno de los rincones del calvero y el más alto,
con expresión de creciente insolencia, se dirigió a Melahwi:
- Oye, indio como te llames, ¿Qué piensas hacer de nosotros? Te
aviso que cerca de aquí están muchos compañeros y si no
regresamos en un par de horas, saldrán a buscarnos y os matarán
a todos.
- Si nos liberas, nos iremos en paz con la coca y nos olvidaremos del incidente.
Melahwi le miró con atención, pero no contestó. En resumen
su despierta inteligencia le había hecho prever desde el final de la
refriega lo que estaba sucediendo. No comprendía bien la lengua de los
blancos, sobre todo porque los blancos que llegaban antaño al poblado
de la playa, en las tierras bajas, hablaban variadas lenguas con distintos sonidos.
Sin embargo reconoció los sonidos claros de la que mejor aprendió
y la mayor parte del contenido informativo del blanco fue casi totalmente comprendido.
No obstante llamó aparte al locuaz porteador y le ordenó: -Dime
exactamente lo que ha dicho el blanco. Si me engañas puedes temer lo
peor. ¿Tú lo has entendido todo?
- Si, gran jefe, Muloq ha entendido todo, y te dice que no debes fiarte de ese
alto, es un hombre diablo. Él lleva veneno de coca para vender en la
tierra baja. Mucha gente muere porque no mastica coca. Hombre diablo calienta
coca y cambia mucha coca en poquito polvo de coca. El polvo de coca, malo para
indios y malo para blancos.
Melahwi sintió curiosidad por lo que el porteador le contaba y le preguntó:
- ¿Por qué el polvo de coca es malo?
- Porque un poquito polvo como hojas coca que cargan varios hombres. En la costa
hombres blancos calientan el polvo y chupan el aire caliente de la coca, a veces
se lo meten por la nariz con pequeño tubo. ¿Comprendes?
El brujo comprendió con claridad cuál era el negocio que atraía
a tantos blancos
a las tierras indias.
- Estos blancos seguramente dejaban sus tierras de blancos para ganar qué,
para ganar?Ah! Para ganar hojas que los árboles no dan - pensó
el brujo para sus adentros.
Dirigiéndose a su informador le explicó: - Dile al blanco que
yo sé lo que nos harán los blancos si nos cogen pero si vienen
más blancos, tendremos que matarlos antes a ellos.
Cuando Muloq terminó de informar al blanco pudo notar Melahwi la intensa
palidez que ensombreció su rostro. Seguramente el blanco también
era inteligente.
Sin más dudas tomó el sendero opuesto al que habían traído
los de la coca acompañado de Washimi y el resto de sus amigos arrearon
a los prisioneros con la amenaza de sus arcos. Los indios porteadores los siguieron
con sumisión.
Melahwi les guió por intrincados senderos que subían y bajaban
hacia el corazón de la selva. Solamente los indios del poblado notaron
que evitó escrupulosamente cualquier ruta que hubiera podido acercarse
al río.
Lo que nadie notó es que se acercaban a las tierras de los tejones. A
la montaña denominada ?El hedor del hombre blanco?.
CAPITULILLO VIGÉSIMO PRIMERO XXI
Los cinco amigos se distribuían racionalmente a lo largo de la comittiva:
Cien metros por delante marchaba el corredor Meloh, que prestaba especial importancia
a un tallo quebrado o a una hoja fuera de su sitio, era como un científico
que basa su saber en la observación. Con impecable maestría se
confundía con la vegetación hasta ser invisible a los pájaros,
uno de los cuales se le paró en el hombro en el que se mantuvo unos minutos.
Totalmente inmovil, Meloj exhaló un ligérisimo silbido que despidió
al ave como amiga.
En el grueso de la comitiva marchaban cansinamente los cinco traficantes, a
veces despabilados por la punta del venablo de Washimi que no tenía pudor
en emplearlo si el ritmo de la marcha disminuía demasiado.
Tras éste, los indios rescatados y Melahwi. Un hecho curioso, Meloj el
charlatán respiraba dificultosamente por su dilatada nariz. En la boca
una bola de hierbas diestramente anudada a sus orejas le impedía emitir
el menor sonido.
De vez en cuando se volvía hacia el jefe con mirada implorante, pero
cesaba en sus súplicas al observar el firme semblante que no concedía
perdón.
Los otros dos indios, Urajhi y Rawajhi marchaban de modo invisible a través
de la selva, a ambos lados del cortejo.
Entre los prisioneros se oían apenas unos susurros pues su falta de
costumbre en la marcha les movía a enmudecer, al comprobar que la charla
les mermaba la escasa fuerza que poseían. Su aspecto era cada vez mas
desagradable y lastimoso. Ya por la tarde, al observar que el sendero ascendía
hasta unas rocas de escasa altura, como si lo hubieran acordado, se dejaron
caer y con gesto adulador se dirigieron a Melahwi:
-Oye, gran jefe, sabemos que temes que te traicionemos si nos dejas libres,
pero quiero decirte algo, - dijo el que parecía tener más edad
- ya sabemos que vamos a morir, pues aunque tú nos liberes, no podríamos
subsistir en la selva. Por tanto quiero decirte que no queremos que nos liberes.
- Tráeme al bocazas - indicó Melahwi al indio que tenía
más cercano. Éste se movió con ligereza y volvió
con el amordazado, quien no se atrevió a liberar su boca hasta que advirtió
el gesto del brujo.
- Vamos Muloq, a ver lo que dice este tío.
Muloq se agachó con presteza ante el blanco que esperaba tendido y con
respiración agitada.
El blanco intentó hablar pero le faltaron las fuerzas y cayó exánime
al suelo. Su corazón no había podido resistir tanto esfuerzo en
las últimas horas.
- ¡Está muerto!- gritó Muloq.
CAPITULILLO VIGÉSIMO SEGUNDO XXII
Ante el fantasma de la muerte aceptada los indios quedaron impasibles, pero
respetuosos.
Parecía que con el óbito quedaban saldadas todas las cuentas de
aquel aventurero que exhaló tan lejos de su país natal su último
suspiro. Todos los indios empezaron a musitar entre dientes una extraña
música que subía y bajaba en intensidad. Los blancos tomaron esta
retaila por rezos y conmovidos empezaron a rezar, cada uno lo que sabía
y así en extraña mezcolanza litúrgica despidieron el alma
del finado.
Al cabo de unos ocho minutos ordenó el brujo a los traficantes que cogieran
el cadáver para llevárselo con ellos, aunque viendo la torpeza
de los blancos, ordenó a los dos hermanos confeccionar unas parihuelas
para facilitar el transporte. Washimi se puso a cortar unos palos mientras que
su hermano metió mano a arrancar fibras y enseguida los blancos pudieron
colocar el cadáver de su socio en las parihuelas y enseguida comenzaron
a caminar como si no hubiera pasado nada.
El camino que señalaba Meloj se iba empinando cada vez más y los
indios liberados empezaron a preguntar dónde iban porque ya, viendo que
los del poblado no habían matado a los blancos, crecía su confianza
y como en la selva y, ya libres, su vez cómplices y vigilantes. Su parte
india aventajaba a lo que en sus mentes habría supuesto la cultura blanca
y querían cooperar en el transporte de la impedimenta y asimismo en la
vigilancia de los blancos con los que se sentían a su vez cómplices
y carceleros.
Un pequeño calvero apareció de pronto al borde del camino y Melahwi
ordenó alto. Enseguida se fue a un rincón y los cuatro amigos
fueron hacia él. El brujo les dio instrucciones precisas y con gestos
indicaron a los otros indios que les siguieran. Los cuatro blancos miraban al
brujo pero no se atrevían a hablar. Estaban impresionados por la muerte
y tambíén por el ceremonial religioso al que habían asistido.
Cada vez veían a los indios más seguros, más avezados y
no querían pensar en lo que sería reencontrarse con sus antiguos
jefes. Lo que veían antes como un rescate deseado , cuando pensaban que
los indios iban a matarlos, era ahora una terrible complicación. Cómo
iban a explicar la pérdida de su mercancía que los del poblado
consideraban ya como suya, cómo iban a explicar que no habían
defendido a su jefe que yacía entre la hojarasca con la garganta atravesada
por una flecha. Era harto complicado cómo se ponía su futuro si
eran rescatados por los del cartel. Se imaginaban una muerte segura.
En cambió notaban en los indios un sentido de la justicia que les impresionaba
positivamente. Esto era algo intuitivo, no podian explicarlo.
Sus pensamientos fueron interrumpidos al ver salir a los indios del bosque.
Éstos les hicieron señales para que se acercaran con el cadáver
y los guiaron hasta un extraño túmulo que los indios habían
construido hábilmente.
Colocaron el cuerpo encima y los indios lo cubrieron con grandes hojas de plantas
y las amarraron con fibras hasta que la cubierta vegetal estuvó firme.
Después de un último tirón de comprobación echaron
a andar tomando de nuevo el camino que seguían. Los blancos no se atrevieron
a preguntar a ninguno de los cinco indios del poblado, pero "Bocazas"
no pudo reprimir su curiosidad y preguntó directamente a Washimi que
marchaba a su lado:
- ¿Por qué este blanco ha tenido ceremonia y el otro que murió
se quedó entre los arbustos para que las alimañas se lo comieran?
- Te lo voy a explicar claramente, porque como eres indio blanco no sabes nada
de las costumbres nuestras. Procura enterarte bien para que nunca lo olvides,
porque es una vergüenza que penséis como blancos siendo indios.
- Es que los blancos nos hacen prisioneros entre los poblados cercanos al mar
y como nunca nos hemos podido unir, no hay quien les haga frente porque llegan
con sus fusiles...
- ¿Qué son fusiles?- le interrumpió Washimi - ¿Por
qué os da miedo que vengan con fusiles?
- Fusiles,respondió Muloq - son palos de fuego que por la boca dejan
salir la punta de una flecha que puede atravesar la cabeza de un jaguar.
- Es imposinle que una flecha atraviesa la cabeza a no ser que le entre por
el ojo y salga por el oído- explicó Washimi.
- Es que la punta de flecha va muy rápida y llega tan lejos como diez
tiros de flecha. Es como una cerbatana por la que pudieran soplar cien hombres
a la vez.
Washimi se rascó la cabeza como si el masaje craneal le pudiera abrir
el entendimiento ante las fantásticas informaciones que le estaba proporcionando
"Bocazas".
- Bueno, vamos a ver - dijo Muloq interrumpiendo las disquisiciones infructuosas
de su interlocutor - sigue contándome lo de los muertos.
- Bien, lo que te decía es que en nuestro poblado sólo muere verdaderamente
aquel que expira con pensamientos positivos en el momento de la muerte. los
que manifiestan odio o malos sentimientos al morir, realmente no mueren, sus
espíritus se meten en los cuerpos de las alimañas de la selva
y nosotros cuando un animal nos ataca sabemos que dentro tiene el ánima
de un hombre que ha muerto odiando y por eso tenemos que matarlo de nuevo para
que muera para siempre. Por eso los dejamos en el bosque.
Cuando un hombre muere pidiendo perdón o reconciliándose con sus
semejantes, lo dejamos encima de un castillo de palos, lo envolvemos en hojas
de plantas y las empapamos de curare, para que ningún animal lo destroce.
Su alma se encarna en los pájaros de la montaña y viajan eternamente
como guardianes de la jungla. Ellos nos han avisado varias veces de los ataques
de los hombres blancos.
Muloq asintiendo con la cabeza se retiró con seriedad y fue a sus compañeros
a contarles lo que había aprendido con Washimi.
Poco a poco se fue haciendo la noche y al cabo de una hora todos estaban durmiendo
en un abrigo que Meloj había buscado previamente. Los indios del poblado
se dividieron la noche en turnos para vigilar los accesos a su campamento.
Melahwi hizo el primer turno, se sentó junto al tronco de un grueso
árbol, perfectamente concentrado y confiando en su oído más
quen su vista pues por la noche toda la selva habla y él conocía
todos los sonidos, los chasquidos, los aullidos e incluso el rumor del río
madre, el Igwazú , que solo de noche llega a más de treinta kilómetros.
Sin embargo varias figuras le rodearon poco a poco, Melahwi no las oyó
ni las vio: fue su olfato quien le dio aviso de la presencia de los tejones.
Ya estaban cerca, ya se olía aquel apestoso hedor que exhalaban.
Melahwi esperó tensamente la aparición del hombre blanco, pero
los tejones desaparecieron y el silencio sustituyó a la anterior algarabía
de la selva. Ya había pasado por allí el hombre blanco.
¿Continuará?